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mai 29

Ignacio de Loyola y Arizmendiarrieta, arquitectos de la esperanza. Grupo Vocento. Juan José Etxeberria

 

 

Ignacio de Loyola y Arizmendiarrieta, arquitectos de la esperanza

 

Su éxito es formar una red de voluntades con propósito común

 

Ignacio de Loyola y José María Arizmendiarrieta representan dos pilares fundamentales del humanismo cristiano vasco, cuyas trayectorias proyectan desde nuestra tierra una perspectiva de enorme relevancia para los desafíos de la dignidad humana en el mundo contemporáneo. Ignacio, desde su casa-torre en Loyola, cimentó en el siglo XVI una metodología de transformación personal y una misión global que hoy abraza todos los continentes. Arizmendiarrieta, reconocido como el 'apóstol de la cooperación' demostró con hechos que la eficiencia empresarial y la justicia social no son polos opuestos, sino las dos caras de una misma moneda de progreso.

 

La inmensa obra educativa y social que la Compañía de Jesús despliega internacionalmente tiene su germen indiscutible en Loyola. Allí inició Ignacio un camino que daría lugar a una orden religiosa con vocación universal, basada en que «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras». Ignacio cimentó un legado de cinco siglos, traduciendo la oración en una red global de instituciones y obras que buscan dar el mejor servicio para la justicia social. Su visión es el motor de una acción social tangible que busca incidir en la realidad de su tiempo, demostrando que las organizaciones pueden evolucionar manteniendo su esencia fundamental.

 

Siglos más tarde, ese mismo impulso de encarnar la fe en la realidad encontró un eco magistral en la labor de Arizmendiarrieta en Arrasate. Aunque fue un sacerdote diocesano, su revolucionaria propuesta de humanizar la empresa está profundamente imbuida por la lógica de los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola. Su modelo nació de un discernimiento aplicado al ámbito del trabajo y la economía. Intuyó que una dimensión capital de su vocación consistía en dedicar sus energías a suscitar un aliento participativo, solidario y corresponsable en el mundo laboral. Para él, el trabajo diario no debía ser una «condena» padecida para beneficio de unos pocos, sino un «surco de realización y beneficio personal y social».

 

Este hilo conductor que une a ambos referentes se manifiesta en la búsqueda de lo que el teólogo Hans Urs denomina la «verdad sinfónica»: la convicción de que la verdad no pertenece a una sola parte, sino que se enriquece integrando perspectivas aparentemente opuestas. Ignacio integró la tradición con la innovación constante en su misión universal; Arizmendiarrieta buscó plasmar entre el colectivismo marxista y el capitalismo liberal un modelo de empresa inspirado en los criterios de la Doctrina Social de la Iglesia. Él sabía que esta contenía las pautas para que tomara cuerpo un sistema cooperativo que pusiera el capital al servicio del trabajo. Ninguno de los dos trabajó en solitario. Su éxito radicó en atraer talento y responsabilidad para formar una «red de voluntades comprometidas con un propósito común».

 

A pesar de nacer en épocas distintas, sus obras comparten la misma voluntad de mejora cualitativa de la sociedad. Mientras que el legado de Ignacio se despliega en una estructura misionera global enfocada en la educación y el impulso de la justicia social, Arizmendiarrieta centró su misión en la transformación socioeconómica, demostrando que la cooperación es el fundamento de la innovación. Su modelo nos recuerda que la competitividad económica está íntimamente vinculada a la competitividad social, y que esto solo se alcanza en sociedades integradas donde la discrepancia y la tolerancia sean la base de la acción colectiva.

 

La ejemplaridad de ambos constituye un valioso recurso pedagógico para mostrar el potencial creativo y socialmente saludable que una «fe viva» despierta en las personas.

 

En un momento en que la polarización amenaza la estabilidad de nuestras democracias y los 'nosotros contra ellos' dominan el discurso público, su legado nos invita a redescubrir la capacidad de construir un «territorio común» como motor de cambio. La verdadera innovación social consiste en encontrar formas en las que las aparentes oposiciones (progreso y tradición, eficiencia y justicia) trabajan en juntas como instrumentos en una sinfonía.

 

La Universidad de Deusto, en el marco del 'Arizmendiarrietaren Urtea. Año de Empresa Humanista', que organiza Arizmendiarrieta Kristau Fundazioa, acogió el día 11 la conferencia 'La economía como camino hacia el cuidado, la justicia y el bienestar colectivo' dictada por Alessandra Smerilli, secretaria del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral en el Vaticano, oportunidad para poner de relieve el gran legado de Ignacio de Loyola y Arizmendiarreta.

 

Como Universidad de Deusto, nuestra misión se entra directamente con esta herencia: formar a jóvenes que no solo alcancen la excelencia académica, sino que se convertirán en agentes de transformación social. El reto del futuro, incluyendo el avance de la Inteligencia Artificial, es un reto social que requiere desarrollar una inteligencia colectiva. Mantenemos vivo el fuego que se encendió en Loyola y se expandió en Arrasate, asumiendo el compromiso de que nuestra formación sea un estímulo para el despliegue de la persona y de la colectividad en la construcción de un mañana más justo y cooperativo.

 


Juan José Etxeberria Sagastume, SJ
Rector de la Universidad de Deusto


 

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