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nov 28

El sentir cooperativo en los orígenes de la Experiencia Cooperativa de Mondragón. Gara. Agustín González Enciso

 

 

El sentir cooperativo en los orígenes de la Experiencia Cooperativa de Mondragón

 

El movimiento cooperativo que surgió en Mondragón, desde 1951, ha dado lugar a tres grupos corporativos (Corporación Mondragón, Grupo Ulma y Grupo Orona) que aglutinan cerca de 300 empresas y emplean a unas 80.000 personas en 40 países. Una historia de éxito que ha pasado a los libros de management. Aunque la expansión ha exigido algunas modificaciones, en origen y en esencia, es un cooperativismo basado en la propiedad y gestión comunes: todos los trabajadores son socios capitalistas y cada persona es un voto en la asamblea.

 

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Una explicación es la admiración y asombro de los primeros que siguieron a Arizmendiarrieta, cuyos testimonios se recogen en vídeos y escritos. Todos se sintieron entusiasmados por sus ideas, su impulso y su ejemplo. Los protagonistas de las primeras cooperativas de Mondragón hicieron suyas esas ideas y se lanzaron a la aventura. Según sus testimonios, ser propietario y trabajador a la vez, unir capital y trabajo en la misma persona, compartir esa situación de manera solidaria, resultó tremendamente atractivo para aquellos jóvenes que veían la posibilidad de realizar inquietudes sociales que ellos mismos tenían.

 

Los de la primera hora con don José María, y los que llegaron después, señalan que Arizmendiarrieta, o la doctrina cooperativa, les cambió la vida. Les llenaba de satisfacción ser creadores, hacer algo desconocido, capaz de dar nueva vida; era el atractivo del trabajo solidario e innovador. Vieron esas ideas como revolucionarias y atisbaron su potencial transformador de la empresa y de la sociedad. Esas ideas abrían más posibilidades que el trabajo convencional. Percibían otro mundo, un campo distinto, inexistente, que podría hacerse realidad. Ilusionaba una revolución pacífica, sin ideología política, que podría hacer mucho bien. Don José María sabía ver el futuro y transmitía ilusión y esperanza.

 

Señalo tres aspectos del sentir de ese modelo cooperativo: esfuerzo, conocimiento e influjo social. Fue necesario esforzarse, asumir riesgos. Sacar adelante las cooperativas comportó trabajo y renuncias. Fueron innumerables las horas de trabajo para formar empresas nada fáciles en sus inicios, afrontando, a la vez, problemas familiares, la entrega de las mujeres que, al principio tuvieron que renunciar a trabajar fuera de casa para alentar y ayudar a sus maridos a hacer las cooperativas. Había que vivir esperanzados en que aquello saldría adelante, obrar con virtudes personales (laboriosidad, generosidad, sobriedad, paciencia, magnanimidad). Este talante forma la manera de ser de un cooperativista. Para que haya cooperativas, antes tiene que haber cooperativistas. A cambio, la igualdad entre todos facilitaba el compañerismo y una implicación común en sacar adelante sus empresas, haciendo horas extraordinarias o trabajos que no les competían; la solidaridad llegaba también a la vida cotidiana.

 

También había que saber, adquirir conocimiento. Las cooperativas triunfarían siendo competitivas, fabricando productos innovadores, lo cual exigía formación.

 

Arizmendiarrieta ya había dado importancia a la formación humana y técnica de los aprendices, pero habría que seguir estudiando y conseguir una especialización. No solo para ser buenos técnicos, también mejores personas. Se necesitaba saber más y ser conscientes de que eran imperfectos, pero perfectibles, capaces de transformarse ellos mismos y su entorno.

 

De ahí los beneficios sociales de su trabajo. Detrás de lo inmediato (hacer la cooperativa), el ideal cooperativo contiene elementos atractivos que proceden de principios de la Doctrina Social de la Iglesia (destino universal de los bienes, la persona en el centro, no la ganancia; trabajo que permita desplegar las capacidades de las personas, una economía al servicio del ser humano…). Ante el dilema comunidad individuo, prevalece la comunidad. Ello exige practicar la austeridad en la misma empresa, usar bien los activos financieros, no despilfarrar ni hacer gastos superfluos. Todo eso beneficia a los propios trabajadores y al proyecto común, pues su actividad se puede ampliar a actividades solidarias, como cooperativas de viviendas o de consumo, además de extender una mentalidad responsable. La rentabilidad de las cooperativas llega a más personas porque el valor generado se reparte.

 

¿Esta visión humanista, de raigambre cristiana, rebaja las expectativas de crecimiento? La respuesta es el éxito de las empresas y grupos cooperativos que existen. Si se hace bien, la solidaridad es tan rentable como cualquier empresa bien gestionada. Hoy es posible entender la primacía de la persona, el bien común y la solidaridad, valores históricos de Occidente, aunque cueste encontrar quien los encarne. Pero hay síntomas de esperanza porque las cooperativas siguen existiendo y pueden contribuir también a renovar la mentalidad económica general.

 

Agustín González Enciso
Universidad de Navarra. Colaborador de Arizmendiarrieta Kristau Fundazioa

 

 

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