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Jul 29

El Consenso de Londres y la Magnífica Humanitas, claves para una economía más humana. Grupo Noticias y Gara. Juan Manuel Sinde

 

 

El Consenso de Londres y la Magnífica Humanistas, bases para una economía más humana

 

Frente a propuestas trumpistas para aumentar el gasto militar, el negacionismo climático y la reducción de impuestos

 

El llamado Consenso de Londres es un término acuñado por economistas vinculados a la London School of Economics a finales del año pasado para describir un nuevo marco de políticas económicas para el siglo XXI, como respuesta a las limitaciones observadas en el llamado Consenso de Washington, surgido en el año 1989 y que ha sido desde entonces el soporte intelectual de políticas económicas ultraliberales.

 

Efectivamente, a finales de los 80 del siglo pasado economistas agrupados en torno a la llamada Escuela de Chicago defendieron entonces unas políticas económicas basadas en el espejismo de que el mercado era la única fuente segura para garantizar el progreso y que éste sería capaz de autorregularse por sí mismo para corregir las consecuencias indeseadas para el bien común. Propugnaba, asimismo, reducir la participación del Estado en la vida económica, reduciendo los impuestos y desregulando los mercados para aumentar la competencia y mejorar la eficiencia del sistema.

 

Estas políticas reflejaban una visión económica inspirada en las corrientes liberalizadoras que habían ganado influencia durante los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Sin embargo, con el tiempo, el Consenso de Washington ha venido siendo objeto de críticas por considerar que priorizaba la estabilidad macroeconómica y la liberalización económica por encima de otras cuestiones como, especialmente, la desigualdad social.

 

Por ello, la nueva propuesta del Consenso de Londres supone una corrección/sustitución del enfoque anterior, sustentándolo en cinco grandes principios:

1.-El bienestar es el objetivo último de las políticas económicas, no solo el crecimiento del PIB

2.-El crecimiento sigue siendo importante, pero debe ser inclusivo y territorialmente equilibrado.

3.-El Estado debe actuar como asegurador y estabilizador, protegiendo a los ciudadanos frente a riesgos económicos, tecnológicos, sanitarios o climáticos;

4.-Las instituciones políticas importantes: una buena economía requiere instituciones sólidas, legitimidad democrática y capacidad estatal;

5.-El Estado debe fomentar la innovación y la transformación productiva, actuando como socio estratégico del sector privado y no sólo como regulador del mismo.

 

Se da, por tanto, prioridad al bienestar y a la cohesión social, frente a la prioridad en el funcionamiento de los mercados; a un Estado con capacidad estratégica y que mantiene una regulación activa cuando sea necesario frente a la total libertad de un mercado desregulado ya que entiende que existen fallos de mercado, riesgos sistémicos y necesidad de intervención pública, frente a una confianza ciega en la capacidad autorreguladora de los mercados. Prioriza, asimismo, un crecimiento inclusivo y de calidad en el empleo frente a un crecimiento del PIB como objetivo principal; que se preocupa, en fin, por las desigualdades sociales y una gobernanza democrática.

 

En cualquier caso, el Consenso de Londres no rechaza completamente al de Washington ya que mantiene ideas como la estabilidad macroeconómica, la importancia de la competencia y la apertura económica. Pero considera que esas condiciones son necesarias pero insuficientes. Agregue elementos que el paradigma de los años ochenta tendía a subestimar: capacidad estatal, innovación, sostenibilidad ambiental, calidad institucional, desigualdad, sindicalismo y protección social.

 

Por eso algunos autores lo presentan como una especie de "post-Consenso de Washington" ampliado y adaptado a problemas que en 1989 apenas estaban en el debate global: cambio climático, globalización financiera, revolución digital, envejecimiento demográfico y creciente polarización social.

 

En otro orden de cosas, el Papa León XIV ha publicado recientemente una encíclica “Magnifica Humanitas” en la que parte de unos presupuestos distintos, basados ​​en la antropología cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia, y tiene unas finalidades diferentes, ya que aunque también busca bienestar y prosperidad inclusiva, los integra en una visión más amplia de desarrollo humano integral y realización espiritual.

 

Coincide, con todo, con el nuevo Consenso de Londres en algunos puntos cruciales:

 

. Crítica al mercado como criterio único de organización social. Ambos consideran insuficiente medir el progreso únicamente por el crecimiento económico o la eficiencia.

. Centralidad de la persona humana. El Consenso de Londres habla de bienestar humano, la encíclica sitúa la dignidad de la persona como principio rector de toda organización económica y tecnológica.

. Revalorización del Estado y de las instituciones públicas. Ambos rechazan la idea de un Estado meramente residual. Consideran necesarias instituciones fuertes para proteger el bien común y corregir los fallos del mercado.

. Preocupación por la desigualdad. Tanto uno como el otro sostienen que el crecimiento económico carece de legitimidad si genera exclusión social o concentración excesiva del poder.

. Tecnología subordinada a finos humanos. Los dos enfoques aceptan la innovación, pero rechazan que el desarrollo tecnológico se convierta en un fin en sí mismo.

. Importancia de la cooperación internacional. Frente a los desafíos globales, ambos consideran muy necesarios mecanismos de gobernanza supranacional y coordinación entre países.

 

Podría decirse que el Consenso de Londres y Magnifica Humanitas convergen en una crítica al clasicismo neoliberal y en la defensa de una economía orientada al bien común. Sin embargo, mientras el primero propone una corrección social y política del capitalismo contemporáneo, la encíclica propone algo más ambicioso: una humanización ética y espiritual de la modernidad tecnológica, basada en la dignidad trascendente de la persona, la solidaridad, la justicia social y la primacía de la conciencia humana sobre cualquier sistema técnico o económico.

 

Se da, en cualquier caso, una interesante convergencia de recomendaciones técnicas y orientaciones morales (“la revolución económica será moral o no será; la moral será económica o no será” decía Arizmendiarrieta) que puede ser la base de una economía más humana, frente a las propuestas trumpistas basadas en el enriquecimiento de unos pocos sacrificando el planeta con políticas energéticas negacionistas, reducciones fiscales para los mega-ricos y el desvío de fondos de cooperación internacional y ayudas sociales a gasto en armamento. y preparación de la guerra, azuzando para ello conflictos internacionales si fuera necesario.

 


Juan Manuel Sinde
Presidente de Arizmendiarrieta Kristau Fundazioa y socio colaborador de Laboral Kutxa

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